El propósito de esta columna es examinar la situación de los sistemas políticos latinoamericanos a la luz de los procesos electorales recientes, considerando también las tendencias de las últimas dos décadas. Proponemos que, más allá de las particularidades nacionales, hay algunas tendencias estructurantes a las cuales vale la pena prestar atención, especialmente de cara a los procesos electorales que enfrentarán Costa Rica, Perú, Colombia y Brasil durante 2026.
En ese contexto, destacan cuatro tendencias transversales. La región atraviesa una reconfiguración política donde convergen el deterioro de las instituciones democráticas, la crisis de representación, la emergencia de liderazgos personalistas y la inestabilidad de los sistemas presidenciales. Estos fenómenos interactúan entre sí y producen dinámicas complejas que moldean tanto las elecciones recientes como las que se aproximan.
Primera tendencia: deterioro institucional y devaluación del voto
El debilitamiento de la democracia se manifiesta no solamente en preferencias por opciones autoritarias, respecto de lo cual encuestas a lo largo de los años ha dejado amplia constancia. También se expresa en la creciente indiferencia respecto del tipo de régimen. El malestar ciudadano proviene de la percepción de que la democracia no logra resolver problemas concretos, lo que se traduce en niveles bajos de confianza hacia gobiernos, partidos y parlamentos. Según datos de Latinobarómetro 2024, más 61% de la ciudadanía considera que las elecciones en su país son fraudulentas (el extremo es Honduras, con 87%) y el 75%, que no se siente representado por su Congreso. Esto se condice parcialmente con los resultados respecto del valor del voto que provee la misma encuesta: el 34% indica que “no importa como uno vote, no hará que las cosas sean mejor en el futuro”, con un máximo de 44% en Colombia.[i]
En casos como Venezuela (2024) o Nicaragua (2021), el proceso electoral ha sido vaciado de contenido democrático sin que desaparezca su apariencia formal. Las elecciones se mantienen como rituales que otorgan legitimidad al poder sin permitir competencia efectiva. En Guatemala (2023-24) también se dieron tensiones entre el Ejecutivo y la institucionalidad electoral, con intentos de frenar proclamación de resultados. Esta recesión democrática abrió espacio a un desapego por el orden institucional que se construye desde una ya frágil situación previa. El proceso afecta tanto a democracias estables como a aquellas que ya enfrentaban presiones autoritarias. En Colombia, la calidad democrática del país alcanzó en 2024 su nivel más bajo en décadas según el índice de The Economist, ubicándolo cerca de convertirse en régimen híbrido, aunque sus procesos electorales formales no hayan dejado de realizarse[ii]. En nada ayudan en este sentido las crecientes guerras informativas en redes sociales sobre fraude, integridad electoral y desinformación, como en Brasil (2022) o México (2024).[iii]
La pérdida de confianza en el voto tiene efectos políticos inmediatos: aumento de la volatilidad electoral y disposición a apoyar opciones que prometen soluciones rápidas a problemas complejos, incluso cuando ello implica tensionar o sortear procedimientos institucionales.
Segunda tendencia: ascenso de outsiders y liderazgos personalistas
La frustración con la política tradicional, la baja identificación partidaria y la percepción de distancia entre élites y ciudadanía han favorecido a figuras que se presentan como alternativas rupturistas. Este fenómeno atraviesa el espectro ideológico, desde el libertarismo en Argentina hasta proyectos de seguridad pública extrema en El Salvador.
En varios países, los outsiders no solo adquieren visibilidad mediática sino que logran acceder al poder mediante elecciones competitivas. Una vez en funciones, parte de ellos adoptan estrategias para concentrar autoridad y debilitar controles. Nayib Bukele en El Salvador constituye el caso paradigmático. En febrero de 2024 fue reelegido con 85% de los votos pese a la prohibición constitucional original. En agosto de 2025, el Congreso salvadoreño aprobó reformas constitucionales que permiten la reelección indefinida y extienden el mandato de cinco a seis años, además de eliminar la segunda vuelta electoral [iv].
En Argentina, Javier Milei accedió a la presidencia en noviembre de 2023 desde una posición outsider con un discurso libertario radical. En ambos casos, aunque con lógicas distintas, comparten el origen en la desafección con la política tradicional y la búsqueda de proyectos de cambio. También han surgido outsiders que no llegan a ganar pero influyen en la configuración del sistema político al desplazar el debate hacia posiciones extremas o anti-institucionales. Por último, tenemos los casos de Nasralla en Honduras (favorito en 2025, aunque finalmente no ganó, en un proceso marcado por denuncias de fraude electoral) o Abinader en República Dominicana, con una reelección en 2024 asociada a liderazgo personal más que a su base partidista.
Tercera tendencia: atomización del sistema de partidos y crisis de representación
La fragmentación partidaria se ha profundizado hasta el punto de que en ciertos países los ciudadanos mencionan cerca de veinte partidos al ser consultados sobre preferencias. Esta proliferación dificulta la formación de mayorías legislativas estables y complejiza la relación entre Ejecutivo y Congreso. En Chile, usualmente caracterizado por estabilidad en su sistema de partidos políticos, pasamos desde 14 partidos compitiendo en las elecciones parlamentarias de 2013 (principalmente agrupados en dos coaliciones permanentes), a 24 partidos compitiendo en 2025, en arreglos asociativos más frágiles[v]. En Guatemala, 22 partidos compitieron al Congreso en 2023. En Brasil, luego de las elecciones parlamentarias de 2022, 23 partidos obtuvieron escaños en la Cámara de Diputados[vi]. La caída en la adhesión partidaria es generalizada y afecta tanto a partidos históricos como a nuevas coaliciones. Proliferan alianzas coyunturales, bloques fragmentados e identidades partidarias débiles.
La polarización convive con esta dispersión. Las campañas se estructuran en torno a diferencias afectivas fuertes (“ellos vs. nosotros”), reduciendo espacio para posiciones intermedias. Son los casos de Brasil (2022), con una contienda Lula-Bolsonaro altamente polarizada, así como México (2024), donde se repite una dinámica de bloques fuertemente enfrentados.
La polarización se expresa no sólo entre gobierno y oposición, sino también dentro de coaliciones y partidos. En Bolivia, el Movimiento al Socialismo (MAS) enfrentó una fractura entre el sector leal a Evo Morales y el que apoyaba al presidente Luis Arce, conflicto que ha reconfigurado el panorama político y permitió la elección de Rodrigo Paz en 2025. En Chile, la irrupción del Partido Republicano y de actores libertarios ha transformado el mapa ideológico en poco tiempo.[vii] La gobernabilidad depende cada vez más de negociaciones inestables y menos de vínculos partidarios duraderos.
La percepción de que no existe correspondencia entre intereses sociales y acción parlamentaria refuerza el desencanto y la disposición a castigar a oficialismos. Durante años predominó el voto de castigo que llevó a numerosos triunfos opositores en elecciones presidenciales, como es el caso de Perú, con ciclos de castigo sucesivos[viii], o Milei en Argentina en 2023, quien sigue a una crisis económica. También la oposición gana en Panamá y Uruguay (ambos en 2024). En conjunto, se observan veinte triunfos opositores en 22 procesos electorales (2018-2023).
Sin embargo, el año 2024 marca un punto de inflexión. Pese a la persistencia del malestar, hubo triunfos de gobiernos en ejercicio en El Salvador (Nayib Bukele, febrero 2024), República Dominicana (Luis Abinader, mayo 2024) y México (Claudia Sheinbaum del partido Morena, junio 2024). En Uruguay, por el contrario, ganó la oposición (Frente Amplio, octubre 2024), mientras que en Venezuela (julio 2024) y Panamá (mayo 2024) los resultados fueron adversos al oficialismo.
Esto sugiere que parte del electorado adopta un voto más pragmático que premia resultados en áreas como seguridad (como Bukele en el Salvador o Kast en Chile en 2025), economía o programas sociales. El desempeño en temas concretos se vuelve determinante incluso por sobre identidades partidarias y posicionamientos ideológicos. Éstas se ven a veces superadas por debates coyunturales, como en Costa Rica (2022), cuya elección estuvo marcada por debates sobre la migración nicaragüense, así como el recién mencionado caso de Chile, en que destacan seguridad y migración como temas clave. En Ecuador (2023-24) también el proceso se concentra en discursos de seguridad tras expansión del crimen organizado.
Cuarta tendencia: fragilidad estructural de los presidencialismos
Desde mediados de la década de 1980 hasta la actualidad, la región acumula más de veinte mandatos interrumpidos. A diferencia del pasado reciente, ya no predominan los golpes militares. Se observa un patrón de renuncias, destituciones parlamentarias, juicios políticos y salidas negociadas tras crisis de gobernabilidad. El caso peruano constituye el extremo más agudo. En menos de una década, el país ha atravesado sucesivos reemplazos presidenciales (Kuczynski, Vizcarra, Castillo y Boluarte, entre 2016 y 2025)[ix] y los últimos presidentes han enfrentado investigaciones o procesos judiciales.
Otros países también evidencian esta fragilidad. En Brasil, Dilma Rousseff (2016) fue removida mediante procesos de impeachment. En Ecuador, Guillermo Lasso renunció en 2023, incorporándose a la lista con Abdalá Bucaram (1997), Jamil Mahuad (2000) y Lucio Gutiérrez (2005), todos quienes enfrentaron salidas abruptas vinculadas a colapsos políticos y protestas sociales. En Paraguay, Fernando Lugo fue destituido en 2012 luego de un proceso legislativo acelerado. Incluso cuando los mecanismos son constitucionales, la recurrencia de estas interrupciones revela instituciones debilitadas y sistemas de partidos incapaces de sostener acuerdos.
La fragilidad del presidencialismo se vincula también a la cuestión de la reelección. La región presenta variedad de reglas, pero una constante es la tensión en torno a intentos de modificar dichas normas para permitir permanencias prolongadas (Colombia, Bolivia, El Salvador, Ecuador). Los cambios frecuentes y las interpretaciones judiciales flexibles permiten que presidentes busquen mantenerse en el poder más allá de lo previsto originalmente.
El Salvador representa el caso más claro. En 2021, una nueva institucionalidad habilitó la reelección inmediata de Bukele pese a prohibiciones constitucionales. En 2025, reformas constitucionales aprobadas en tiempo récord permitieron la reelección indefinida. Bolivia muestra un trayecto zigzagueante donde interpretaciones constitucionales permitieron candidaturas repetidas de Evo Morales pese a límites claros. Colombia ilustra la ruta inversa: permitió la reelección durante los gobiernos de Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos para eliminarla en 2015. Estas variaciones generan incertidumbre institucional y erosionan la idea de un juego político con reglas estables.
Componente transversal: judicialización
La judicialización de la política se ha convertido en una constante regional, según reportes de prensa internacional, aproximadamente 66 exmandatarios habrían enfrentado procesos judiciales o investigaciones por presuntas irregularidades en los últimos 35 años.[x] Esta tendencia sería particularmente aguda en países como Perú y Ecuador, donde la mayoría de sus expresidentes recientes han sufrido acusaciones que los han llevado a comparecer ante la justicia. En Brasil, Guatemala, Panamá y El Salvador también se registran múltiples casos que involucrarían acusaciones a altos cargos.
Se ha planteado que estos fenómenos tienden a desgastar la gestión gubernamental al fracturar el vínculo de confianza con la ciudadanía, impactando directamente en los desenlaces electorales. La recurrencia de escándalos de esta naturaleza además de reconfigurar los sistemas partidarios y las coaliciones, alimentaría narrativas críticas hacia la política tradicional, facilitando eventualmente el ascenso de liderazgos disruptivos u outsiders.
Conclusión
América Latina atraviesa un momento donde la democracia continúa siendo el mecanismo central de legitimación, pero se encuentra debilitada en su funcionamiento. Las elecciones siguen siendo el canal de acceso al poder, aunque cada vez más tensionadas por prácticas que erosionan controles institucionales, ciudadanos que priorizan eficacia sobre representación y sistemas de partidos fragmentados. El resultado es un panorama donde coexisten alternancia, voto pragmático, liderazgos personalistas, atomización partidaria y riesgo permanente de retrocesos institucionales. La región no enfrenta un colapso democrático generalizado sino un proceso de transformación donde conviven dinámicas en apariencia contradictorias y donde las trayectorias inmediatas dependerán de la capacidad de reconstruir confianza en instituciones y de fortalecer la integridad de los procesos electorales.
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[i] Corporación Latinobarómetro. (2024). Estudio Latinobarómetro 2024: Oleada 2024 - Versión agregada. JD Systems Institute. https://www.latinobarometro.org/latinobarometro-2024
[ii] Economist Intelligence Unit. (2024). Democracy Index 2024. https://www.eiu.com/n/campaigns/democracy-index-2024/
[iii] Reuters Institute for the Study of Journalism. (2024). Digital News Report 2024: Brazil. University of Oxford. https://reutersinstitute.politics.ox.ac.uk/es/digital-news-report/2024/brasil
[iv] BBC Mundo. (2025). El Congreso de El Salvador aprueba una controvertida reforma constitucional que permite la reelección presidencial indefinida. https://www.bbc.com/mundo/articles/cy08957n90lo
[v] Biblioteca del Congreso Nacional de Chile (BCN). (2025). Minuta 33-25: Proliferación de partidos en el sistema político chileno; causas y contenciones. Serie Minutas. https://obtienearchivo.bcn.cl/obtienearchivo?id=repositorio/10221/37210/1/Minuta_33_25_Proliferacion_de_partidos_en_el_sistema_politico_chileno__causas_y_contenciones.pdf
[vi] Poder360. (2022). Câmara tem 23 partidos com representantes, 7 a menos que em 2018. https://www.poder360.com.br/eleicoes/camara-tem-23-partidos-com-representantes-7-a-menos-que-em-2018/
[vii] Anderson, Jon Lee, “The Right-Wing Rises in Latin America”, The New Yorker, 2025. https://www.newyorker.com/news/the-lede/the-right-wing-rises-in-latin-america
[viii] Malamud, C., & Núñez, R. (2024). Elecciones en América Latina (2024): ¿fin del voto de castigo al oficialismo?. Real Instituto Elcano. https://www.realinstitutoelcano.org/analisis/elecciones-en-america-latina-2024-fin-del-voto-de-castigo-al-oficialismo/
[ix] CNN (2025) “De la destitución a la cárcel: los presidentes de Perú que terminaron condenados tras dejar el poder”. https://cnnespanol.cnn.com/2025/11/27/latinoamerica/condena-pedro-castillo-presidentes-destituidos-condenados-peru-orix
[x] CNN en Español (2025), “De la cárcel al banquillo: el largo historial de presidentes latinoamericanos con la justicia”. https://cnnespanol.cnn.com/2025/09/11/latinoamerica/presidentes-america-latina-problemas-justicia-orix

